La farmacia de antaño

Farmacia de antaño 1

Cuando la Dra. María Yanes, quien de paso es mi sobrina, me sugirió que escribiera sobre la farmacia de antes, confieso que no pude resistir la tentación. Escribir sobre este tema es incursionar no solo en una buena parte de mi vida sino es hurgar en la historia de la farmacia, pero de la verdadera farmacia, no en la de las tiendas de expendio de productos patentados. Para remover sobre este tema, nada mejor que echar mano de una de las farmacias más emblemáticas del este de la capital, la Farmacia Herrera, fundada por mis padres por allá por el año 1931.

Mi padre, el viejo Heriberto Herrera, se vino muy joven desde su Camatagua natal y en lo primero y único en que trabajó fue como dependiente de la Farmacia Tienda Honda en el centro de Caracas. Allí se pulió como “boticario” aprendió el arte de la recetura, conociendo los principios activos, sus propiedades terapéuticas y su dosificación y aprendió a recetar el medicamento adecuado para cada dolencia. En Caracas conoció a mi madre, secretaria de un conocido abogado. Se casaron y formaron una familia feliz.

En el Chacao de los años treinta, estaba a la venta la Botica San José y doña Luisa, que así se llamaba mi madre convenció a Don Heriberto para que compraran la botica. Se cerró el negocio y así se convirtieron en boticarios. Años después, la Botica San José se convirtió en Farmacia Herrera la cual fue un icono de la buena salud del lugar y sitio de reunión de las personalidades más relevantes del pueblo.

La farmacia de antaño tenía dos departamentos muy importantes, la recetura y la rebotica. La recetura era el corazón de una buena farmacia ya que en ella se preparaban las fórmulas que el médico recetaba a sus pacientes. En aquella época no existía la famosa Guía de Especialidades sino que el médico tenía en su cerebro un diccionario completo de principios activos que dosificaba de acuerdo a las características del paciente y combinaba entre si para una mejor respuesta terapéutica. Una buena recetura debía contar con una balanza de precisión y una balanza granataria además de un arsenal de pailas, morteros, espátulas, medidas, agitadores y hasta una cocinilla eléctrica.

En la recetura el farmacéutico estudioso debía resolver problemas de solubilidad, compatibilidad y dosificación. Cuando la sustancia activa era insoluble se incorporaba en un vehículo llamado “Poción Gomosa” o en otro llamado “Looc blanco”, ambos a base de goma arábiga. También se elaboraban otras formas farmacéuticas como los jarabes, papeletas, capsulas, píldoras y pomadas. Los pediatras recetaban mucho un jarabe para la  gripe a base de Jarabes de Tolú, Polígala y Camacho. Los dermatólogos recetaban una pomada a base de Yodoformo, de un olor insoportable y otra a base de Alquitrán de Hulla. Los médicos generales o internistas, mandaban  unas píldoras a base de Valerianato de Quinina también  de olor nauseabundo.

Como vemos, la recetura fue la expresión más genuina de lo que fue la medicina de toda una época ya ida. En ella, la ciencia y el arte se combinaron para hacer que uno o varios medicamentos, solubles o no en agua, adquirieran lo que se llama “una forma farmacéutica” capaz de ser administrada al enfermo. Aquí hago un reconocimiento de respeto y admiración a aquellos viejos “boticarios” que nos precedieron, como mi padre, cuya práctica y cuyos “secretos” sirvió de mucho a generaciones posteriores.

Si el corazón de una farmacia era la recetura, el alma era, como ya hemos dicho,  la rebotica. Esta se localizaba en la parte más recóndita del establecimiento debido a que en ella, en un momento dado, se encontraban tal cantidad de implementos de trabajo que daba la impresión de que quien trabajaba allí, era el mismísimo mago Merlín. En ella se hacían las “preparaciones oficinales” que eran aquellas que el farmacéutico debía tener elaborabas para su despacho inmediato. Esta sección también contaba con balanzas, medidas, morteros, cocinilla eléctrica,  y densímetros. Allí se llenaban las bolsitas con Flores de Tilo, Manzanilla, hojas de Sen, flores de Alhucema, Bicarbonato de Sodio, Azúcar cande, etc.  Potecitos con  vaselina perfumada, pomada de Azahar, Agua de Rosas, esencia de Vainilla. Imaginemos entonces el delicioso olor característico de una rebotica bien surtida. Las preparaciones liquidas se hacían en frascos de dos litros para ir despachando en frascos pequeños que muchas veces el mismo cliente llevaba. Así se despachaba el Aceite alcanforado, Agua Sedativa, Lamedor y un sinfín de preparaciones que sería muy largo enumerar. La importancia del farmacéutico era tal, que muchas veces el mismo médico nos contactaba para pedirnos consejos sobre la mejor manera de preparar una determinada medicina y sobre la eficacia de algún principio activo. De esto tengo muchos ejemplos que me llenan de orgullo. Lamentablemente el espacio del que dispongo no me permite escribir más sobre este tema, y es mucho lo que me falta por decir.


Heriberto Herrera 1Autor: Heriberto Herrera

Colaborador de opinión de Saludenlamira.wordpress.com

litolita30@yahoo.com

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3 comentarios en “La farmacia de antaño

  1. Al leer el artículo de mi querido e insigne colega Heriberto Herrera, me ha creado la inquietud de hacerle esta relación histórica pretérita de la Farmacia Herrera:
    La Farmacia San José, que relata Heriberto estaba en venta, fue propiedad del matrimonio de Carlos Olavarría con María Eduvigis López, de este matrimonio, el primero de la Sra., María Eduvigis, nace Carlos José Olavarría López
    La farmacia estaba en venta debido a que el antiguo propietario había muerto. De lo anteriormente expuesto deduzco: que Don Heriberto debe haberle comprado a la Sra., María Eduvigis viuda de Carlos Olavarría.
    La Sr. María Eduvigis, casa en segundas nupcias con Don Alejandro Cazaubon, de este matrimonio nacen dos hijas Mercedes y Josefina Cazaubon López. Yo me caso con Josefina y Carlos José Olavarría López pasa a ser mi cuñado

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